A la rosa amarilla



¿Cuál suprema piedad, rosa divina,
de alta belleza transformó colores
en tu flor peregrina
teñida del color de los amores?
Cuando en ti floreció el aliento humano,
sin duda fue soberbio amante y necio,
cuidado tuyo y llama,
y tú descuido suyo y su desprecio,
diste voces al aire, fiel en vano.
¡Oh triste, y cuántas veces
y cuántas, ay, tu lengua enmudecieron
lágrimas que copiosas la ciñeron!
Mas tal hubo deidad que conmovida
(fuese al rigor del amoroso fuego,
o al pío afecto del humilde ruego)
borró tus luces bellas,
y apagó de tu incendio las centellas.
Desvaneció la púrpura y la nieve
de tu belleza pura,
en corteza y en hojas y astil breve.
El oro solamente,
que en crespos lazos coronó tu frente,
en igual copia dura,
sombra de la belleza
que pródiga te dio naturaleza,
para que seas, ¡oh flor resplandeciente!,
ejemplo eterno y solo de amadores,
sola, eterna, amarilla entre las flores.