A la pobreza



Desde el infausto día
que visité con lágrimas primeras
me tienes, ¡oh pobreza!, compañía;
aunque tan buena, como dicen, fueras
por ser tanto de mí comunicada,
me vinieras a ser menospreciada.
Diré tus males sin que mucho ahonde
en ellos, que es muy raro
lo que por glorias tuyas contar puedes.
Tal vez el que en su casa un monte asconde
de Numidia y de Paro
en arcos y paredes,
cuando entre el blando lino se rodea
puesto de los cuidados en el fuego,
sin conocerte alaba tu sosiego,
y nunca, aunque lo alaba, lo desea:
llegas a ser de alguno, en fin loada,
mas de ninguno apenas deseada.
Si eres tú de los males
el que nos trata con mayor crüeza,
¿cómo podrá ninguno codiciarte?
Después que nació el oro,
y con él la grandeza,
murió tu ser, murió tu igual decoro,
en otra edad divino;
¿si por eso, pobreza, en toda parte
con enfermo color andas contino?
Con preciosos metales
siempre veo levantado
lo que tienes tú sola derribado.
¿Qué ciudad populosa
se sabe que por ti se haya fundado?
¿Qué fuerza inexpugnable y espantosa
por ti se ha fabricado?
El suave color, la hermosura,
sólo en tu ausencia con su lustre dura.
Píntame la belleza
mayor que imaginares,
compuesta de jazmines y de grana;
si con vestido tuyo la adornares,
su lustre pierde y gracia soberana.
Pues cuando el agro invierno,
hijo tuyo sin duda,
que, como tú, también siempre desnuda,
roba al bosque el verdor y lo despoja
de su amarilla hoja,
pobre por ti su frente,
ni su sombra codicia más la gente,
ni sus ramas las aves.
Y si yo vanamente no discierno,
cuando armarse pudieron vastas naves,
¿dónde se vio tu sombra?,
¿cuándo ejércitos gruesos?
El número infelice de sucesos
que por ti han avenido, ¿a quién no asombra?
Hablen los nunca sepultados huesos
que en las playas blanquean,
de tantos que por falta de sustento
al mar rindieron el vital aliento.
¡Cuántos has ascondido
en los anchos desiertos,
para que al mal seguro caminante
asalten encubiertos!
¡Oh, en cuántas partes se verá teñido
el campo con la sangre de los muertos!
No hay voz, aunque de hierro, que bastante
sea a decir los males que acarrean
duras necesidades.
Los pobres que habitan las ciudades,
¿qué afrenta no padecen?
Lo que por sus ingenios merecieron,
¡oh pobreza!, por ti lo desmerecen.
¿Qué pobre hubo discreto?
¿Cuándo tuvo amistades
que aun con pequeño honor correspondieran?
¿Cuándo con la pobreza algún respeto
jamás se tuvo a las tendidas canas
que tú de blanca nieve, edad, coloras?
¡Oh mentes de la humilde gente vanas,
no cuidéis, a despecho
de vuestra pobre i mísera fortuna,
levantaros al cerco de la luna!
Mirad que cuantos hijos van saliendo
del nunca en vano frecuentado lecho,
tantos esclavos, ¡ay!, os van creciendo
que ocupéis en mezquina servidumbre,
no sin tormento vuestro, no sin llanto.
¿Qué vale, oh pobres, levantaros tanto?
Mirad que es necio error, necia costumbre
soltar a la soberbia así la rienda:
que yo apenas, humilde y sin contienda,
puedo contar en paz algunas horas
de las que paso en el silencio oscuro,
olvidado en pobreza y no seguro.