Al jazmín



¡Oh, en pura nieve y púrpura bañado,
jazmín, gloria y honor del cano estío!,
¿cuál habrá tan ilustre entre las flores,
hermosa flor, que competir presuma
con tu fragante espíritu y colores?
Tuyo es el principado
entre el copioso número que pinta
con su pincel y con su varia tinta
el florido verano.
Naciste entre la espuma
de las ondas sonantes
que blandas rompe y tiende el ponto en Quío,
y quizá te formó suprema mano
como a Venus también de su rocío;
o si no es rumor vano,
la misma blanca diosa de Citera,
cuando del mar salió la vez primera,
por do en la espuma el blanco pie estampaba
de la playa arenosa
albos jazmines daba;
y de la tersa nieve y de la rosa
que el tierno pie ocupaba
fiel copia apareció en tan breves hojas.
La dulce flor de su divino aliento
liberal escondió en tu cerco alado;
hizo inmortal en el verdor tu planta:
el soplo la respeta más violento
que impele envuelto en nieve el cierzo cano,
y la luz más flamante
que Apolo esparce altivo y arrogante.
Si de suave olor despoja ardiente
la blanca flor divina,
y amenaza a su cuello y a su frente
cierta y velo ruina,
nunca tan licencioso se adelanta
que al incansable suceder se opone
de la nevada copia,
que siempre al mayor sol igual florece
e igual al mayor hielo resplandece.
¡Oh jazmín glorioso!
Tú solo eres cuidado deleitoso
de la sin par hermosa Citerea,
y tú también su imagen peregrina.
¡Oh flor insigne y rara!
Tú cándida pureza
es más de mí estimada
por nueva emulación de la belleza
de la altiva luz mía
que por obra sagrada
de la rosada planta de Dione:
a tu excelsa blancura
admiración se debe,
por imitar de su color la nieve,
y a tus perfiles rojos
por imitar los cercos de sus ojos.
Cuando renace el día
Fogoso en Oriente
O cono color medroso en Occidente,
de la espantable sombra se desvía
y el dulce olor te vuelve
que paga el frío y que el calor resuelve,
al espíritu tuyo
ninguno habrá  que iguale,
porque entonces imitas
al puro olor que de sus labios sale.
¡Oh, corona mis sienes,
flor que al olvido de mi luz previenes!