Celos que perturbáis la gloria mía



Celos que perturbáis la gloria mía
y heláis tal vez mi peregrino fuego,
crédito siempre a vuestra injuria niego
porque apagar mi ilustre ardor porfía.
 
Pero la blanca nieve que encendía
en mí, llama a quien doy humilde ruego,
aunque su lumbre solicito ciego,
con frecuentes ofensas me desvía.
 
A mi tormento entonces lisonjea
un hielo que en mí corre blandamente,
y en él hallo, aunque breve, algún consuelo.
 
Mas, ¡oh celos, oh infierno, oh rabia ardiente!,
¿cuándo será que vuestro helar no crea?
Que más me abraso cuanto más me hielo.